—¡Tú eres un cobarde!—le gritaba la suegra de Andong.—¡Mientras los otros peleaban por tí, tú te escondías, cobarde!
—¡Maldito seas!—le decía un anciano siguiéndole;—¡maldito el oro amasado por tu familia para turbar nuestra paz! ¡Maldito! ¡Maldito!
—¡Que te ahorquen á tí, hereje!—le gritaba una pariente de Albino,—y sin poderse contener cogió una piedra y se la arrojó.
El ejemplo fué pronto imitado, y sobre el desgraciado joven cayó una lluvia de polvo y piedras.
Ibarra sufrió impasible, sin ira, sin quejarse, la justa venganza de tantos corazones lastimados. Aquella era la despedida, el adiós que le hacía su pueblo, donde tenía todos sus amores. Bajó la cabeza; quizás pensaría en un hombre, azotado por las calles de Manila, en una anciana que caía muerta á la vista de la cabeza de su hijo; quizás la historia de Elías pasaba por delante de sus ojos.
El alférez creyó necesario alejar á la multitud, pero las pedradas y los insultos no cesaron. Una madre tan sólo no vengaba en él sus dolores: capitana María. Inmóvil, con los labios contraídos, los ojos llenos de lágrimas silenciosas veía alejarse á sus dos hijos; su inmovilidad y su dolor mudo eran mayores que los de la fabulosa Niobe.
El cortejo se alejó.
De las personas asomadas en las raras abiertas ventanas las que más compasion han demostrado para el joven son los indiferentes ó curiosos. Sus amigos todos se habían ocultado, sí, hasta el mismo Capitán Basilio, que prohibió el llanto á su hija Sinang.
Ibarra vió las humeantes ruinas de su casa, de la casa de sus padres, donde él había nacido, donde vivían los más dulces recuerdos de su infancia y adolescencia; las lágrimas, largo tiempo reprimidas, brotaron de sus ojos, dobló la cabeza y lloró, sin tener el consuelo de poder ocultar su llanto, atado como estaba, ni de que su dolor despertara en nadie compasión. ¡Ahora no tenía ni patria, ni hogar, ni amor, ni amigos, ni porvenir!
Desde una altura, un hombre contemplaba la fúnebre caravana. Era un anciano, pálido, demacrado, envuelto en una manta de lana, apoyándose con fatiga en un bastón. Era el viejo filósofo Tasio, que á la noticia del suceso quiso dejar su cama y acudir, pero sus fuerzas no le han permitido. El viejo siguió con la vista el carro hasta que desapareció á lo lejos: permaneció algún tiempo pensativo y cabizbajo, después se levantó y, trabajosamente, tomó el camino de su casa, descansando á cada paso.