—¡Ese es el que tiene la culpa!—gritaron muchas voces;—¡ese tiene la culpa y va suelto!
—¡Mi yerno no ha hecho nada y está con esposas!
Ibarra se volvió á sus guardias:
—¡Atadme, pero atadme bien, codo con codo!—dijo.
—¡No tenemos orden!
—¡Atadme!
Los soldados obedecieron.
El alférez apareció á caballo, armado hasta los dientes; seguíanle diez ó quince soldados más.
Cada preso tenía á su familia que rogaba allí por él, lloraba por él y le daba los nombres más cariñosos. Ibarra era el único que no tenía á nadie; el mismo Ñor Juan y el maestro de escuela habían desaparecido.
—¿Qué os han hecho á vos mi marido y mi hijo?—decíale llorando Doray:—¡ved á mi pobre hijo! ¡le habéis privado de su padre!