Allí estaba la suegra del podador de cocos; ella no llora: se pasea, gesticula con los brazos remangados y arenga al público.

—¿Habéis visto cosa igual? Prender á mi Andong, pegarle un tiro, meterle en el cepo y llevarle á la cabecera, sólo porque... ¿porque tenía nuevos calzones? ¡Esto pide venganza! ¡Los guardias civiles abusan! Juro que, si vuelvo á encontrar á cualquiera de ellos buscando un lugar retirado en mi huerta, como muchas veces ha sucedido, le mutilo, ¡le mutilo! ó si no... ¡que me mutilen!

Pero pocas personas hacían coro á la suegra musulmana.

—De todo esto tiene la culpa don Crisóstomo,—suspira una mujer.

El maestro de escuela vaga también confundido entre la multitud; Ñor Juan no se frota ya las manos, no lleva su plomada ni su metro: el hombre viste de negro, pues ha oído malas noticias, y fiel á su costumbre de ver el porvenir como cosa sucedida, lleva ya luto por la muerte de Ibarra.

A las dos de la tarde un carro descubierto, tirado por dos bueyes, se paró delante del tribunal.

El carro fué rodeado de la multitud, que quería desengancharlo y destrozarlo.

—No hagáis tal,—decía capitana María;—¿queréis que vayan á pie?

Esto detuvo á las familias. Veinte soldados salieron y rodearon el vehículo. Aparecieron después los presos.

El primero fué don Filipo, atado; saludó sonriendo á su esposa; Doray rompió en amargo llanto y costó trabajo á dos guardias impedirle que abrazase á su marido. Antonio, el hijo de capitana Tinay, apareció llorando como un niño, lo que no hizo más que aumentar los gritos de su familia. El imbécil Andong prorrumpió en llanto al ver á su suegra, causa de su desventura. Albino, el exseminarista, estaba también maniatado, lo mismo que los dos gemelos de capitana María. Estos tres jóvenes estaban serios y graves. El último que salió fué Ibarra, suelto, pero conducido entre dos guardias civiles. El joven estaba pálido; buscó una cara amiga.