LVIII

El maldito

Pronto se extendió por el pueblo la noticia de que los presos iban á partir; al principio fué oída con terror, después vinieron los llantos y las lamentaciones.

Las familias de los presos corrían como locas: iban del convento al cuartel, del cuartel al tribunal, y no encontrando en ninguna parte consuelo, llenaban los aires de gritos y gemidos. El cura se había encerrado por estar enfermo; el alférez había aumentado sus guardias, que recibían con la culata á las mujeres suplicantes; el gobernadorcillo, sér inútil, parecía más tonto y más inútil que jamás. Frente á la cárcel, corrían de un extremo á otro las que aún tenían fuerzas; las que no, se sentaban en el suelo, pronunciando los nombres de las personas queridas.

El sol ardía y ninguna de aquellas infelices pensaba retirarse. Doray, la alegre y feliz esposa de don Filipo, vaga desalada, llevando en brazos á su tierno hijo: ambos lloran.

—Retiraos,—le decían;—vuestro hijo va á coger una calentura.

—¿A qué vivir si no ha de tener un padre que le eduque?—contestaba la desconsolada mujer.

—Vuestro marido es inocente; ¡tal vez vuelva!

—¡Sí, cuando ya nos habremos muerto!

Capitana Tinay llora y llama á su hijo Antonio; la valerosa capitana María mira hacia la pequeña reja, detrás de la cual están sus dos gemelos, sus únicos hijos.