Y empezó á dar órdenes y más órdenes, á revolver estantes, rasgar papeles, libros, cartas, etc. Pronto ardió una hoguera en la cocina; partieron con hacha viejas escopetas; arrojaron al excusado herrumbrosos revólvers; la criada que quería conservar el cañón de uno para soplador, recibió un réspice.

Conservare etiam sperasti, perfida?[14] ¡Al fuego!

Y continuó su auto de fe.

Vió un viejo tomo en pergamino y leyó el titulo:

—«Revoluciones de los globos celestes por Copérnico», pfui! Ite, maledicti, in ignem kalanis[15],—exclamó arrojándolo á la llama.—¡Revoluciones y Copérnico! ¡Crimen sobre crimen! Si no llego á tiempo... «La libertad en Filipinas.» ¡Tatatá! ¡qué libros! ¡Al fuego!

Y se quemaron libros inocentes, escritos por autores simples. Ni el mismo «Capitán Juan,» obrita cándida, consiguió librarse. Primo Primitivo tenía razón: los justos pagan por los pecadores.

Cuatro ó cinco horas más tarde, en una tertulia de pretensiones en Intramuros se comentaban los acontecimientos del día. Eran muchas viejas y solteronas casaderas, mujeres ó hijas de empleados, vestidas de bata, abanicándose y bostezando. Entre los hombres, que, al igual de las mujeres, delataban en sus facciones su instrucción y origen, había un señor de edad, pequeñito y manco, á quien trataban con mucha consideración y que guardaba con respecto á los demás un desdeñoso silencio.

—A la verdad que antes no podía sufrir á los frailes y guardias civiles por lo mal educados que son,—decía una señora gruesa;—pero ahora que veo su utilidad y servicios, casi me casaría gustosa con cualquiera de ellos. Yo soy patriota.

—¡Lo mismo digo!—añadió una flaca;—¡qué lástima que no tengamos al anterior gobernador: aquél dejaría el país limpio como una patena!

—¡Y se acabaría la ralea de filibusterillos!