—¿No dicen que quedan muchas islas por poblar? ¿Por qué no deportan allá á tantos indios chiflados? A ser yo el Capitán general...

—Señoras,—dijo el manco:—el Capitán general sabe su deber; según he oído, está muy irritado, pues habían colmado de favores á ese Ibarra.

—¡Colmado de favores!—repetía la flaca, abanicándose furiosa;—¡miren ustedes lo ingratos que son estos indios! ¿Se los puede tratar acaso como personas? ¡Jesús!

—Y ¿saben ustedes lo que he oído?—preguntaba un militar.

—¡A ver!—¿Qué es? ¿Qué dicen?

—Personas fidedignas—dijo el manco en medio del mayor silencio—aseguran que todo aquel ruido de levantar una escuela era puro cuento.

—¡Jesús! ¿ustedes han visto?—exclamaron ellas creyendo ya en el cuento.

—La escuela era un pretexto; lo que quería levantar era un fuerte, desde donde poderse bien defender cuando vayamos á atacarle...

—¡Jesús! ¡qué infamia! Sólo un indio es capaz de tener tan cobardes pensamientos,—exclamaba la gorda.—Si fuera yo el Capitán general, ya verían... ya verían...

—¡Lo mismo digo!—exclamaba la flaca dirigiéndose al manco.—¡Prendía á todo abogadillo, cleriguilo, comerciante, y sin formación de causa, desterrados ó bajo partida de registro! ¡El mal arrancarlo de raíz!