—¡Si esi no hómele y no pactaylo, mujé juete-juete![3]
Y María Ciara vino al mundo para cumplir la profecía del infiel.
Capitán Tiago, pues, hombre prudente y temeroso, no podía decidirse tan fácilmente como el troyano Paris; no podía dar así así la preferencia á una de las dos Vírgenes por temor de ofender á la otra, lo cual podría acarrear graves consecuencias.—«¡Prudencia!—se decía á sí mismo;—no vayamos ahora á echarlo á perder.»
En estas dudas se hallaba cuando el partido gubernamental llegó: doña Victorina, don Tiburcio y Linares.
Doña Victorina habló por los tres varones y por ella misma, mencionó las visitas de Linares al Capitán General, é insinuó repetidas veces la conveniencia de un pariente de categoría.
—¡Na!—concluía,—como ezimoz: el que á buena zombra ze cobija, buen palo ze le arrima.
—¡A... a... al revés, mujer!—corrigió el doctor.
Desde hace días pretende ella andaluzarse con suprimir la d y poner z por s, y esta idea no había quien se la quitase de la cabeza; primero se dejaba arrancar los rizos postizos.
—¡Zí!—añadía hablando de Ibarra;—eze lo tenía muy merezío; yo ya lo ije cuano le vi la primera vez: ezte ez un filibuztero. ¿Qué te ijo á tí, primo, el general? ¿Qué le haz icho, qué noticiaz le izte e Ibarra?
Y viendo que el primo tardaba en contestar, prosiguió, dirigiéndose á capitán Tiago: