—Créame uzté, zi le conenan á muelte, como ez e ezperar, zerá por mi primo.
—¡Señora! ¡señora!—protestó Linares.
Pero ella no le dió tiempo.
—¡Ay que iplomático te haz güerto! Zabemos que erez el conzejero del general, que no puee vivir zin tí... ¡Ah, Clarita, qué placer e verte!
María Clara aparecía pálida aún, aunque ya bastante repuesta de su enfermedad. La larga cabellera iba recogida por una cinta de seda de un ligero azul. Saludó tímidamente, sonriendo con tristeza, y se acercó á doña Victorina para el beso de ceremonia.
Después de las frases de costumbre, prosiguió la pseudoandaluza:
—Venimoz á vizitaroz; oz habeiz zalbao graciaz á vuestraz relacionez!—y miró significativamente á Linares.
—¡Dios ha protegido á mi padre!—contestó en voz baja la joven.
—Zí, Clarita, pero el tiempo e loz milagros ya ha pazao: nozotroz loz españolez ecimoz: «Dezconfía e la virgen y échate á corré».
—¡A... a... al revés!