Capitán Tiago, que hasta entonces no había encontrado tiempo para hablar, se atrevió á preguntar, poniendo mucha mucha atención á la respuesta:

—¿De modo que usted, doña Victorina, cree que la Virgen?...

—Venimoz precizamente á hablar con uzté e la virgen,—contestó ella misteriosamente señalando á María Clara;—tenemoz que hablar e negocioz.

La joven comprendió que debía retirarse; buscó un pretexto y se alejó, apoyándose en los muebles.

Lo que en esta conferencia se dijo y se habló es tan bajo y tan mezquino, que preferimos no referirlo. Baste decir que cuando se despidieron, estaban todos alegres, y que después capitán Tiago decía á tía Isabel:

—¡Avisa á la fonda que mañana damos una fiesta! Vete preparando á María, que la casamos dentro de poco.

Tía Isabel la miró espantada.

—¡Ya lo verás! Cuando el señor Linares sea nuestro yerno, subiremos y bajaremos todos los palacios; nos tendrán envidia, se morirán todos de envidia!

Y así fué como á las ocho de la noche del siguiente día estaba llena otra vez la casa de capitán Tiago, sólo que ahora sus invitados son únicamente españolas y chinos; el bello sexo está representado por españolas, peninsulares y filipinas.

Allí están la mayor parte de nuestros conocidos: el padre Sibyla, el padre Salví entre varios franciscanos y dominicos; el viejo teniente de la guardia civil, señor Guevara, más sombrío que antes; el alférez que cuenta por la milésima vez su batalla, mirando por encima de sus hombros á todos, creyéndose un don Juan de Austria; ahora es teniente con grado de comandante; de Espadaña que le mira con respeto y temor y le esquiva sus miradas, y doña Victorina despechada. Linares no había llegado aún, pues, como personaje importante, debía llegar más tarde que los otros: hay seres tan cándidos que con una hora de atraso en todo se quedan grandes hombres.