En el grupo de las mujeres era María Clara el objeto de la murmuración: la joven las había saludado y recibido ceremoniosamente, sin perder su aire de tristeza.
—¡Pst!—decía una joven;—orgullosita...
—Bonitilla,—contestaba otra;—pero él podía haber escogido otra que tuviese menos cara de tonta.
—El oro, chica; el buen mozo se vende.
En otra parte se decía:
—¡Casarse cuando el primer novio está para ser ahorcado!
—A eso llamo yo ser prudente: tener á mano un sustituto.
—Pues cuando enviude...
Estas conversaciones las oía quizás la joven, que estaba sentada en una silla, arreglando una bandeja de flores, porque se la veía temblar, palidecer y morderse varias veces los labios.
En el círculo de los hombres, la conversación era en voz alta, y naturalmente, versaba sobre los últimos acontecimientos. Todos hablaban, hasta don Tiburcio; todos menos el padre Sibyla, que guardaba desdeñoso silencio.