—He oído decir que deja vuestra reverencia el pueblo, padre Salví,—pregunta el nuevo teniente á quien ha hecho más amable su nueva estrella.

—Nada tengo que hacer ya en él; me he de fijar para siempre en Manila... ¿y usted?

—Dejo también el pueblo,—contestó estirándose;—el gobierno me necesita para que con una columna volante desinfecte las provincias de filibusteros.

Fray Sibyla le mira rápidamente de pies á cabeza y le vuelve las espaldas por completo.

—¿Se sabe ya de cierto qué va á ser del cabecilla, del filibusterillo?—preguntó un empleado.

—¿Habla usted de Crisóstomo Ibarra?—pregunta otro. Lo más probable y más justo es que sea ahorcado como los del setenta y dos.

—¡Va desterrado!—dice secamente el viejo teniente.

—¡Desterrado! ¡Nada más que desterrado! ¡Pero será un destierro perpetuo!—exclaman varios á la vez.

—Si ese joven,—prosiguió el teniente Guevara en voz alta y severa,—hubiese sido más precavido; si hubiera confiado menos en ciertas personas, con quienes se escribe; si nuestros fiscales no supiesen interpretar demasiado sutilmente lo escrito, ese joven de seguro que habría salido absuelto.

Esta declaración del viejo teniente y el tono de su voz produjeron una gran sorpresa en el auditorio, que no supo qué decir. El padre Salví miró á otra parte, quizás para no ver la mirada sombría que le dirigía el anciano. María Clara dejó caer las flores y se quedó inmóvil. El padre Sibyla, que sabía callar, parecía también que era el único que sabía preguntar.