—¿Habla usted de cartas, señor de Guevara?

—Hablo de lo que me dijo el defensor, que ha tomado la causa con celo é interés. Fuera de algunas ambiguas líneas, que este joven escribió á una mujer antes de partir para Europa, líneas en que el fiscal vió el proyecto y una amenaza contra el gobierno, y que él reconoció como suyas, no se le podía encontrar por donde acusarle.

—Y ¿la declaración del bandido antes de morir?

—El defensor la anuló, pues, según el bandido mismo, ellos jamás se habían comunicado con el joven, si no sólo con un tal Lucas, que era enemigo suyo según se pudo comprobar, y que se ha suicidado acaso por los remordimientos. Se probó que los papeles encontrados en poder del cadáver eran falsificados, pues la letra era igual á la que tenía el señor Ibarra hace siete años, pero no á la de ahora, lo que hace suponer que el modelo sea esta carta acusadora. Aún más, el defensor decía que si el señor Ibarra no hubiera querido reconocer la carta, mucho se habría podido hacer por él; pero á su vista se puso pálido, perdió el ánimo y ratificó cuanto en ella había escrito.

—Decía usted—preguntó un franciscano—que iba dirigida la carta á una mujer; ¿cómo llegó á manos del fiscal?

El teniente no respondió; miró un momento al padre Salví y se alejó, retorciendo nerviosamente la afilada punta de su barba gris, mientras los otros hacían comentarios.

—¡Ahí se ve la mano de Dios!—decía uno;—hasta las mujeres le tienen odio.

—Hizo quemar su casa creyendo salvarse, pero no contaba con la huéspeda, esto es, con la querida, con la babai, —añadió otro riendo.—¡Está de Dios! ¡Santiago cierra España!

Entretanto el viejo militar se detuvo en uno de sus paseos y se acercó á María Clara, que escuchaba la conversación inmóvil en su asiento; á sus pies se veían las flores.

—Usted es una joven muy precavida,—le dijo el viejo teniente en voz baja;—ha hecho usted bien en entregar la carta... así se aseguran ustedes un tranquilo porvenir.