Ella le vió alejarse y se estremeció, mordiéndose los labios. Afortunadamente pasó la tía Isabel. María Clara tuvo la fuerza suficiente para cogerla del vestido.

—¡Tía!—murmuró.

—¿Qué tienes?—preguntó ésta espantada, al ver la cara de la joven.

—¡Conducidme á mi cuarto!—suplicó colgándose del brazo de la anciana para levantarse.

—¿Estás enferma, hija mía? ¿qué tienes?

—Un mareo... la gente de la sala... tanta luz... necesito descansar. Decid á mi padre que dormiré.

—¡Estás fría! ¿quieres té?

María Clara movió la cabeza negativamente, cerró con llave la puerta de su alcoba y sin fuerzas se dejó caer en el suelo, al pie de una imagen, sollozando:

—¡Madre, madre, madre mía!

Por la ventana y la puerta que comunicaba con la azotea, entraba la luz de la luna.