La música seguía tocando alegres valses; llegaban hasta la alcoba la risas y el run run de las conversaciones; varias veces llamaron á la puerta su padre, tía Isabel, doña Victorina y aun Linares, pero María Clara no se movió: un estertor se escapaba de su pecho.

Pasaron horas; las alegrías de la mesa terminaron, se oía bailar, cantar, se consumió la bujía y se apagó, pero la joven continuaba aún inmóvil en el suelo, iluminada por los rayos de la luna, al pie de la imagen de la Madre de Jesús.

La casa volvió á quedar poco á poco en silencio, se apagaron las luces, tía Isabel llamó de nuevo á la puerta.

—¡Vamos, se ha dormido!—dijo la tía en voz alta;—como es joven y no tiene ningún cuidado, duerme como un cadáver.

Cuando todo estuvo en silencio, ella se levantó lentamente y paseó una mirada á su alrededor, vió la azotea, los pequeños emparrados, bañados por la melancólica luz de la luna.

—¡Un tranquilo porvenir! ¡Dormir como un cadáver!—murmuró en voz baja y se dirigió á la azotea.

La ciudad dormía; sólo se oía de tiempo en tiempo el ruido de un coche, pasando el puente de madera sobre el río, cuyas solitarias aguas reflejaban tranquilas la luz de la luna.

La joven levantó los ojos al cielo de una limpidez de zafir; quitóse lentamente sus anillos, pendientes, agujas y peineta, colocándolos sobre el antepecho de la azotea, y miró hacia el río.

Una banca, cargada de zacate, se detenía al pie del embarcadero, que tiene cada casa á orillas del río. Uno de los dos hombres que la tripulaban subió la escalera de piedra, saltó el muro, y segundos después, se oían sus pasos subiendo la escalera de la azotea.

María Clara le vió detenerse al descubrirla, pero sólo fué un momento, porque el hombre avanzó lentamente, y á tres pasos de la joven se detuvo. María Clara retrocedió.