—¡Crisóstomo!—murmuró llena de terror.

—¡Sí, soy Crisóstomo!—repuso el joven en voz grave:—un enemigo, un hombre que tenía razones para odiarme, Elías, me ha sacado de la prisión en que me han arrojado mis amigos.

A estas palabras siguió un triste silencio; María Clara inclinó la cabeza y dejó caer ambas manos.

Ibarra continuó:

—Junto al cadáver de mi madre juré hacerte feliz, ¡sea cual fuere mi destino! Pudiste faltar á tu juramento, ella no era tu madre; pero yo, yo que soy su hijo, tengo su memoria por sagrada, y al través de mil peligros he venido aquí á cumplir con el mío, y la casualidad permite que te hable á tí misma María, no nos volveremos á ver; eres joven y acaso algún día tu conciencia te acuse... vengo á decirte, antes de partir, que te perdono. Ahora ¡sé feliz y adiós!

Ibarra trató de alejarse, pero la joven le detuvo.

—¡Crisóstomo!—dijo;—Dios te ha enviado para salvarme de la desesperación... ¡óyeme, y júzgame!

Ibarra quiso deshacerse dulcemente de ella.

—No he venido á pedirte cuenta de tus actos... he venido para darte la tranquilidad.

—No quiero esa tranquilidad que me regalas; ¡la tranquilidad me la daré yo misma! ¡Tú me desprecias, y tu desprecio me hará amarga hasta la muerte!