Ibarra vió la desesperación y el dolor de la pobre mujer, y le preguntó qué deseaba.

—¡Que creas que te he amado siempre!

Crisóstomo sonrió con amargura.

—¡Ah! tú dudas de mí, dudas de la amiga de tu infancia, que jamás te ha ocultado un solo pensamiento!—exclamó con dolor la joven. ¡Te comprendo! Cuando sepas mi historia, la triste historia que me revelaron durante mi enfermedad, te compadecerás de mí y no tendrás esa sonrisa para mi dolor. ¿Por qué no has dejado que me muriese en manos de mi ignorante médico? ¡Tú y yo habríamos sido más felices!

María Clara descansó un momento y continuó:

—¡Tú lo has querido, tú has dudado de mí, que mi madre me perdone! En una de las dolorosas noches de mis padecimientos, un hombre me reveló el nombre de mi verdadero padre, y me prohibió tu amor... ¡á no ser que mi padre mismo te perdonara el agravio que le has inferido!

Ibarra retrocedió y miró espantado á la joven.

—Si,—continuó ella;—el hombre me dijo que no podía permitir nuestra unión, pues su conciencia se lo prohibiría, y se vería obligado á publicarlo, á riesgo de causar un grande escándalo, porque mi padre es...

Y murmuró al oído del joven un nombre en voz tan baja, que sólo él lo oyó.

—¿Qué iba yo á hacer? ¿Debía yo sacrificar á mi amor la memoria de mi madre, el honor de mi padre falso y el buen nombre del verdadero? ¿Podía hacerlo sin que tú mismo me despreciaras?