—Pero ¿pruebas, tuviste pruebas? ¡Tú necesitabas pruebas!—exclamó Crisóstomo convulso.

La joven sacó de su seno dos papeles.

—¡Dos cartas de mi madre, dos cartas escritas en medio de sus remordimientos, cuando me llevaba en sus entrañas! Toma, léelas, y verás cómo ella me maldice y desea mi muerte... ¡mi muerte que en vano procuró mi padre con medicinas! Estas cartas las ha olvidado él en la casa donde vivió, el hombre las encontró y conservó, y sólo me las entregó á cambio de tu carta... para asegurarse, según decía, de que no me iba á casar contigo sin el consentimiento de mi padre. Desde que las llevo sobre mí, en lugar de tu carta, siento el frío sobre el corazón. Te sacrifiqué, sacrifiqué mi amor... ¿qué no hace una por una madre muerta y dos padres vivos? ¿Sospechaba yo el uso que iban á hacer de tu carta?

Ibarra estaba aterrado. María Clara prosiguió:

—¿Qué me quedaba ya? ¿podía decirte por ventura quién era mi padre, podía decirte que le pidieses perdón, á él que tanto ha hecho sufrir al tuyo? ¿podía decirle á mi padre acaso que te perdonara, podía decirle que yo era su hija, á él que tanto ha deseado mi muerte? ¡Sólo me restaba sufrir, guardar conmigo el secreto, y morir sufriendo!... Ahora, amigo mío, ahora que sabes la triste historia de tu María, ¿tendrás aún para ella esa desdeñosa sonrisa?

—¡María, tú eres una santa!

—Soy feliz, puesto que tú me crees...

—Sin embargo,—añadió el joven cambiando de tono,—he oído que te casas...

—¡Sí!—sollozó la joven;—mi padre me exige este sacrificio... él me ha amado y alimentado y no era su deber; yo le pago esta deuda de gratitud asegurándole la paz por medio de este nuevo parentesco, pero...

—¿Pero?