—¡Mirad cómo ese muchacho persigue á la loca!—exclamaba indignada una criada que estaba en la calle.
Y viendo que la seguía persiguiendo, cogió una piedra y la lanzó contra él diciendo:
—¡Toma! ¡qué lástima que esté atado el perro!
Basilio sintió un golpe en su cabeza, pero continuó corriendo sin hacer caso. Los perros le ladraban, los gansos graznaban, unas ventanas se abrían para dar paso á un curioso; cerrábanse otras temiéndose otra noche de alborotos.
Llegaron fuera del pueblo. Sisa empezó á moderar su carrera; gran distancia la separaba de su perseguidor.
—¡Madre!—le gritó cuando la distinguió.
La loca, apenas oyó la voz, comenzó de nuevo á huir.
—¡Madre, soy yo!—gritó el muchacho desesperado.
La loca no oía, el hijo seguía jadeante. Los sembrados habían pasado y estaban ya cerca del bosque.
Basilio vió á su madre entrar en él y entró también. Las matas, los arbustos, los espinosos juncos y las raíces salientes de los árboles impedían la carrera de ambos. El hijo seguía la silueta de su madre, alumbrada de cuando en cuando por los rayos de la luna, penetrando al través de los claros y las ramas. Era el misterioso bosque de la familia de Ibarra.