En aquel momento se oía el canto triste y melancólico de la loca.

—¿Sabes cuándo se casa María Clara?—preguntaba Yday á Sinang.

—No lo sé,—contestó ésta:—recibí una carta de ella, pero no la abro por temor de saberlo. ¡Pobre Crisóstomo!

—Dicen que si no es por Linares, á capitán Tiago le ahorcan; ¿qué iba á hacer María Clara?—observó Victoria.

Un muchacho pasó cojeando; corría en dirección á la plaza, de donde partía el canto de Sisa. Es Basilio. El niño ha encontrado su casa, desierta y en ruinas; después de muchas preguntas sólo sacó que su madre estaba loca y vagaba por el pueblo: de Crispín ni una palabra.

Basilio tragóse las lágrimas, ahogó el dolor y sin descansar fué á buscar á su madre. Llegó al pueblo, preguntó por ella y un canto hirió sus oídos. El infeliz dominó el temblor de sus piernas y quiso correr para arrojarse en los brazos de su madre.

La loca dejó la plaza y se llegó delante de la casa del nuevo alférez. Ahora como antes hay un centinela en la puerta, y una cabeza de mujer se asoma á la ventana, pero no es la Medusa, es una joven: alférez y desgraciado no son sinónimos.

Sisa empezó á cantar delante de la casa, mirando á la luna, que se mecía majestuosa en el cielo azul entre nubes de oro. Basilio la veía y no se atrevía á acercarse, esperando quizás que abandone el sitio; andaba de un lado á otro, pero evitando aproximarse al cuartel.

La joven que estaba en la ventana escuchaba atenta el canto de la loca, y mandó al centinela que le hiciese subir.

Sisa, al ver acercarse al soldado y oir su voz, llena de terror, echóse á correr, y sabe Dios cómo corre una loca. Basilio sigue detrás de ella, y temiendo perderla, corre y olvida los dolores de sus pies.