Una mujer se acercó á la reja y miró hacia el interior. Sus ojos eran brillantes, sus facciones demacradas, su cabellera suelta y desgreñada: la luna le daba un aspecto singular.

—¡Sisa!—exclamó sorprendido don Filipo,—y volviéndose á capitán Basilio, mientras la loca se alejaba.

—¿No estaba en casa de un médico?—preguntó;—¿se ha curado ya?

Capitán Basilio se sonrió amargamente.

—El médico tuvo miedo de que le acusasen como amigo de don Crisóstomo y la despidió de su casa. Ahora vaga otra vez tan loca como siempre, canta, es inofensiva y vive en el bosque...

—¿Qué cosas más han sucedido en el pueblo desde que lo dejamos? Sé que tenemos cura nuevo y nuevo alférez...

—¡Terribles tiempos, la humanidad retrocede!—murmura capitán Basilio pensando en el pasado.—Veréis: al día siguiente de vuestra marcha encontraron muerto al sacristán mayor, colgado del zaquizamí de su casa. El padre Salví sintió mucho su muerte y se apoderó de todos sus papeles. ¡Ah! el filósofo Tasio murió también y fué enterrado en el cementerio de los chinos.

—¡Pobre don Anastasio!—suspiró don Filipo;—y ¿sus libros?

—Fueron quemados por los piadosos, que así creían agradar á Dios. Nada pude salvar, ni los libros de Cicerón... el gobernadorcillo no hizo nada por impedirlo.

Ambos guardaron silencio.