—No te olvides de nosotros,—le decía el anciano;—llévate esta tapa de jabalí y dáselo á tu madre.

Los niños le acompañaron hasta el puente de caña, colocado sobre el torrente de alborotado curso.

Lucía le hizo apoyarse sobre su brazo y desaparecieron de la vista de los niños.

Basilio marchaba ligero á pesar de su pierna vendada.


El viento del norte silba y los habitantes de San Diego tiritan de frío.

Es la Nochebuena, y sin embargo, el pueblo está triste. Ni un farol de papel cuelga de las ventanas, ningún ruido en las casas anuncia regocijo como otros años.

En el entresuelo de la casa de capitán Basilio, hablan al lado de una reja éste y don Filipo (la desgracia del último los había hecho amigos), mientras que en la otra miran hacia la calle Sinang, su prima Victoria y la bella Iday.

La luna, menguante, empezaba á brillar en el horizonte y doraba nubes, árboles y casas, proyectando largas y fantásticas sombras.

—¡No es poca fortuna la vuestra, salir absueltos en estos tiempos!—decía capitán Basilio á don Filipo; os han quemado vuestro libros, sí, pero otros han perdido más.