—¡No importa, señor! Mi madre y mi hermanito deben estar muy tristes; todos los años pasamos juntos esta fiesta... el año pasado comimos un pescado entre nosotros tres... Madre habrá estado llorando buscándome.

—¡No llegarás vivo al pueblo, muchacho! Esta noche tenemos gallina y tapa de jabalí. Mis hijos te buscarán cuando vengan del campo...

—Tenéis muchos hijos, y mi madre no tiene más que á nosotros dos; acaso me cree ya muerto. Esta noche quiero darle una alegría, un aguinaldo... un hijo.

El anciano sintió humedecerse sus ojos, puso la mano sobre la cabeza del niño y le dijo conmovido:

—¡Pareces un viejo! ¡Anda, vete, busca á tu madre, dale el aguinaldo... de Dios, como dices; si hubiese sabido el nombre de tu pueblo, habría ido allá cuando estabas malo. Anda, hijo mío, que Dios y el Señor Jesus te acompañen. Lucía, mi nieta, irá contigo hasta el próximo pueblo.

—¿Cómo? ¿te vas?—le pregunta el niño.—Allá abajo hay soldados, hay machos ladrones. ¿No quieres ver mis reventadores? ¡Pum purumpum!

—¿No quieres jugar gallina ciega con escondite?—pregunta á su vez la niña;—¿te has escondido alguna vez? Verdad, no hay cosa más agradable que ser perseguido y esconderse.

Basilio se sonrió; cogió su bastón y con lágrimas en los ojos:

—Volveré pronto,—dijo;—traeré á mi hermanito, le veréis y jugaréis con él; es tan grande como tú.

—¿Anda también cojeando?—preguntó la niña;—entonces le haremos madre en el pico pico.