Basilio sonreía con tristeza, miraba la llaga de su pie, y después dirigía la vista al sol que brillaba espléndido.
—Vende estas escobas,—dijo el abuelo á la joven,—y compra algo para tus hermanos que hoy es la Pascua.
—¡Reventadores, quiero reventadores!—gritó el niño.
—¡Yo, una cabeza para mi muñeca!—gritó la niña, cogiendo á su hermana del tapis.
—Y tú ¿qué quieres?—preguntó el abuelo á Basilio.
Este se levantó trabajosamente y se acercó al anciano.
—Señor;—le dijo,—¿he estado, pues, enfermo más de un mes?
—Desde que te encontramos desmayado y lleno de heridas, han pasado dos lunas; creíamos que ibas á morir...
—¡Dios os pague; nosotros somos muy pobres!—repuso Basilio;—pero ya que hoy es Pascua, quiero irme al pueblo para ver á mi madre y á mi hermanito. Me estarán buscando.
—Pero, hijo, todavía no estás bueno y tu pueblo está lejos; no llegas á media noche.