—¡Padrino, padrino mío!—repetía.
Fray Dámaso salía después triste, cabizbajo y suspirando.
—¡Dios, Dios, tú existes puesto que castigas! Pero véngate en mí y no hieras al inocente, salva á mi hija.
LXIII
La Nochebuena
Arriba, en la vertiente de la montaña, junto á un torrente, se esconde entre los árboles una choza, construída sobre troncos. Sobre su techo de kogon[1], trepa ramosa, cargada de frutas y flores, la calabaza; adornan el rústico hogar cuernas de venado, calaveras de jabalí, algunas con largos colmillos. Allí vive una familia tagala, dedicada á la caza y á cortar leñas.
A la sombra de un árbol, el abuelo hace escobas con los nervios de la palma, mientras una joven coloca en un cesto huevos de gallina, limones y legumbres. Dos muchachos, un niño y una niña, juegan al lado de otro, pálido, melancólico, de ojos grandes y mirada profunda, sentado sobre un caído tronco. En sus enflaquecidas facciones reconoceremos al hijo de Sisa, Basilio, el hermano de Crispín.
—Cuando te pongas bueno del pie,—le decía la niña,—jugaremos pico pico con escondite, yo seré la madre.
—Subirás con nosotros á la cumbre del monte, añadía el niño, beberás sangre de venado con zumo de limón y te pondrás grueso, y entonces te enseñaré á saltar de roca en roca, encima del torrente.