Y el padre Dámaso se echó á llorar como un niño.

—Pues bien, si me ama usted no me haga eternamente desgraciada; él ya no vive, quiero ser monja.

—¡Ser monja, ser monja!—repitió.—,Tú no sabes, hija mía, la vida, el misterio que se oculta detrás de los muros del convento, ¡tú no lo sabes! prefiero mil veces verte infeliz en el mundo que en claustro... Aquí tus quejas pueden oirse; allá sólo tendrás los muros... Tú eres hermosa; muy hermosa, y no has nacido para él, para esposa de Cristo. Créeme, hija mía, el tiempo lo borra todo; más tarde te olvidarás, amarás, y amarás á tu marido... á Linares.

—¡O el convento ó... la muerte!—repitió María Clara.

—¡El convento, el convento ó la muerte!—exclamó el padre Dámaso.—María, yo ya soy viejo, no podré velar más tiempo por ti y por tu tranquilidad... Escoge otra cosa, busca otro amor, otro joven, sea quien quiera, todo menos el convento.

—¡El convento ó la muerte!

—¡Dios mío, Dios mío!—gritó el sacerdote, cubriéndose la cabeza con las manos;—tú me castigas, sea; pero vela por mi hija...

Y volviéndose á la joven:

—¿Quieres ser monja? lo serás; no quiero que mueras.

María Clara le cogió ambas manos, las estrechó, las besó arrodillándose.