Y la joven le refirió su última entrevista con Ibarra, ocultando el secreto de su nacimiento.

El padre Dámaso apenas podía creer lo que oía.

—Mientras él vivía,—continuó la joven,—pensaba luchar, esperaba, confiaba. Quería vivir para oir hablar de él... pero ahora que le han muerto, ahora no hay razón para que viva y sufra.

Esto lo dijo ella lentamente, en voz baja, con calma, sin lágrimas.

—Pero, tonta, ¿no es Linares mil veces mejor que?...

—Cuando él vivía, podía yo casarme... pensaba huir después... ¡mi padre no quiere más que el parentesco! Ahora que él está muerto, ningún otro me llamará su esposa... Cuando él vivía, podía yo envilecerme, quedábame el consuelo de saber que él existía y quizás pensaría en mí; ahora que él está muerto... el convento ó la tumba.

El acento de la joven tenía una firmeza tal, que el padre Dámaso perdió su aire alegre y se puso muy pensativo.

—¿Le amabas tanto?—preguntó balbuceando.

María Clara no respondió. Fray Dámaso inclinó la cabeza sobre el pecho y se quedó silencioso.

—¡Hija mía!—exclamó con voz dolorida;—perdóname que te haya hecho infeliz sin saberlo. Yo pensaba en tu porvenir, quería tu felicidad. ¿Cómo podía permitir yo que te casases con uno del país, para verte esposa infeliz y madre desgraciada? Yo no podía quitar de tu cabeza tu amor, y me opuse con todas mis fuerzas, abusé de todo, por tí, solamente por ti. Si hubieses sido su esposa, llorarías después, por la condición de tu marido, expuesto á todas las vejaciones sin medio de defensa; madre, llorarías por la suerte de tus hijos: si los educas, les preparas un triste porvenir; se hacen enemigos de la Religión, y los verás ahorcados ó expatriados; si los dejas ignorantes, ¡los verás tiranizados y degradados! ¡No lo podía consentir! Por esto buscaba para tí un marido que te pudiese hacer madre feliz de hijos que manden y no obedezcan, que castiguen y no sufran... Sabía que tu amigo de la infancia era bueno, le quería á él como á su padre, pero los odié desde que vi que iban á causar tu infelicidad, porque yo te quiero, te idolatro, te amo como se ama á una hija; no tengo más cariño que el tuyo; yo te he visto crecer; no transcurre una hora sin que piense en tí; sueño en tí; tú eres mi única alegría...