María Clara se tapó los oídos.

—¡Nada de él... ahora!—gritó la joven.

Padre Dámaso la miró lleno de asombro.

—¿No quieres confiarme tus secretos? ¿No he procurado siempre satisfacer tus más pequeños caprichos?

La joven levantó hacia él sus ojos llenos de lágrimas, le miró algún rato, y volvió á llorar amargamente.

—¡No llores así, hija mía, que tus lágrimas me hacen daño! ¡Cuéntame tus penas; verás cómo tu padrino te ama!

María Clara se le acercó lentamente, cayó de rodillas á sus pies y levantando su semblante, bañado en llanto, le dijo en voz baja, apenas perceptible:

—¿Me ama usted aún?

—¡Niña!

—¡Entonces... proteja usted á mi padre y rompa mi casamiento!