De repente siente que dos manos se posan sobre sus ojos, la sujetan, y una voz alegre, la del padre Dámaso, le dice:

—¿Quién soy? ¿quién soy?

María Clara salta de su asiento y le mira con terror.

—Tontica, ¿has tenido miedo, eh? ¿No me esperabas, eh? Pues he venido de provincias para asistir á tu casamiento.

Y acercándose con una sonrisa de satisfacción, le tendió la mano para que se la besara. María Clara se inclinó temblorosa y la llevó con respeto á sus labios.

—¿Qué tienes, María?—preguntó el franciscano, perdiendo su sonrisa alegre y llenándose de inquietud;—tu mano está fría, palideces... ¿estás enferma, hijita?

Y el padre Dámaso la atrajo á sí con una ternura de la que no se le hubiera creído capaz, cogió ambas manos de la joven y la interrogó con la mirada.

—¿No tienes ya confianza en tu padrino?—preguntó en tono de reproche;—vamos, siéntate aquí y cuéntame tus disgustillos, como lo hacías conmigo de niña, cuando deseabas velas para hacer muñecas de cera. Ya sabes que te he querido siempre... nunca te he reñido...

La voz del padre Dámaso dejaba de ser brusca y llegaba á tener modulaciones cariñosas. María Clara empezó á llorar.

—¿Lloras, hija mía? ¿por qué lloras? ¿Has reñido con Linares?