—¡Allá, allá está!—gritaron varias voces y silbaron de nuevo las balas.

La falúa y la banca pusiéronse en su persecución: una ligera estela señalaba su paso, alejándose cada vez más de la banca de Ibarra, que bogaba como si estuviese abandonada. Cada vez que el nadador sacaba la cabeza para respirar, disparaban sobre él guardias civiles y falueros.

La caza duraba; la banquilla de Ibarra estaba lejos, el nadador se aproximaba á la orilla, distantes unas cincuenta brazas. Los remeros estaban ya cansados, pero Elías lo estaba también, pues sacaba la cabeza á menudo y cada vez en distinta dirección, como para desconcertar á sus perseguidores. Ya no señalaba la traidora estela el paso del buzo. Por última vez le vieron cerca de la orilla á unas diez brazas, hicieron fuego... después pasaron minutos y minutos; nada volvió á aparecer sobre la superficie tranquila y desierta del lago.

Media hora después, un remero pretendía descubrir en el agua, cerca de la orilla, señales de sangre, pero sus compañeros sacudían la cabeza con un aire que tanto quería decir sí como no.


[1] En tagalo esta voz significa «piedra ancha». Se llama así á una roca escarpada que se ve en el río. Frente á la roca había un puesto de carabineros que vigilaba la entrada de mercancías por el Pásig. [↑]

LXII

El padre Dámaso se explica

En vano se amontonan sobre una mesa los preciosos regalos de boda; ni los brillantes en sus estuches de terciopelo azul, ni los bordados de piña, ni las piezas de seda atraen las miradas de María Clara. La joven mira, sin ver ni leer, el periódico que da cuenta de la muerte de Ibarra, ahogado en el lago.