—Sí; ¿por qué?

—Porque estamos perdidos si no salto al agua y les hago perder la pista. Ellos me perseguirán, yo nado y buceo bien... yo los alejaré de vos, y después procuráis salvaros.

—¡No; quedaos y vendamos caras nuestras vidas!

—Inútil, no tenemos armas, y con sus fusiles nos matarán como á pajaritos.

En aquel momento se oyó un chiss en el agua como la caída de un cuerpo caliente, seguido inmediatamente de una detonación.

—¿Veis?—dijo Elías poniendo el remo en la banca.—Nos veremos en la Nochebuena en la tumba de vuestro abuelo. ¡Salvaos!

—Y ¿vos?

—Dios me ha sacado de mayores peligros.

Elías se quitó la camisa; una bala la rasgó de sus manos, y dos detonaciones se dejaron oir. Sin turbarse, estrechó la mano de Ibarra, que continuaba tendido en el fondo de la banca; se levantó y saltó al agua, empujando con el pie la pequeña embarcación.

Oyéronse varios gritos, y pronto á alguna distancia apareció la cabeza del joven como para respirar, ocultándose al instante.