Comenzaba á amanecer cuando llegaron al lago, manso y tranquilo como un gigantesco espejo. La luna palidecía y el Oriente se teñía con rosadas tintas. A cierta distancia columbraron una masa gris que avanzaba poco á poco.

—La falúa viene,—murmura Elías;—acostaos y os cubriré con estos sacos.

Las formas de la embarcación se hacían más claras y perceptibles.

—Se pone entre la orilla y nosotros,—observa Elías inquieto.

Y varió poco á poco la dirección de su banca, remando hacia Binangonan. Con gran estupor notó que la falúa cambiaba también de dirección, mientras una voz le llamaba.

Elías detúvose y reflexionó. La orilla estaba aún lejos y pronto estarían al alcance de los fusiles de la falúa. Pensó volver al Pásig: su banca era más veloz que aquella. Pero ¡fatalidad! otra banca venía del Pásig, y se veían brillar los capacetes y bayonetas de los guardias civiles.

—¡Estamos cogidos!—murmuró palideciendo.

Miróse sus robustos brazos y tomando la única resolución que quedaba, principió á remar con todas sus fuerzas hacia la Isla de Talim. Entretanto, se asomaba el sol.

La banca se deslizaba rápidamente; Elías vió sobre la falúa, que viraba, algunos hombres de pie haciéndole señas.

—¿Sabéis guiar una banca?—preguntó á Ibarra.