—¡El pueblo inocente sufrirá!

—¡Mejor! ¿Podéis conducirme hasta la montaña?

—¡Hasta que estéis en seguridad!—contestó Elías.

Salieron de nuevo al Pásig. Hablaban de cuando en cuando de cosas indiferentes.

—¡Santa Ana!—murmuró Ibarra;—¿conoceréis esta casa?

Pasaban delante de la casa de campo de los jesuítas.

—¡Allí pasé yo muchos días felices y alegres!—suspiró Elías.—En mi tiempo veníamos cada mes... entonces era yo como los otros: tenía fortuna, familia, soñaba y vislumbraba un porvenir. En esos días veía á mi hermana en el vecino colegio; me regalaba una labor de sus manos... la acompañaba una amiga, una bella joven. Todo ha pasado como un sueño.

Permanecieron silenciosos hasta llegar á Malapad-na-bató[1]. Los que de noche han surcado alguna vez el Pásig, en una de esas noches mágicas que Filipinas ofrece, cuando la luna derrama desde el límpido azul melancólica poesía: cuando las sombras ocultan la miseria de los hombres y el silencio apaga los mezquinos acentos de su voz; cuando sólo habla la Naturaleza, esos comprenderán lo que meditaban ambos jóvenes.

En Malapad-na-bató, el carabinero tenía sueño, y, viendo que la banca estaba vacía y no ofrecía botín alguno que coger según la tradicional costumbre de su cuerpo y uso de aquel puesto, dejóles pasar fácilmente.

El guardia civil de Pásig tampoco sospechaba nada, y no fueron molestados.