—¡Enterrarla!

—¿En el cementerio?

—No tengo dinero, y además no lo permitiría el cura.

—¿Entonces...?

—Si me quisiéseis ayudar...

—Estoy muy débil,—contestó el desconocido que se dejó caer poco á poco en el suelo, apoyándose con ambas manos en tierra;—estoy herido... hace dos días que no he comido ni dormido... ¿No ha venido ninguno esta noche?

El hombre permaneció pensativo, contemplando la interesante fisonomía del muchacho.

—¡Escucha!—continuó en voz más débil;—habré muerto también antes que venga el día... A veinte pasos de aquí, á la otra orilla del arroyo, hay mucha leña amontonada; tráela, haz una pira, pon nuestros cadáveres encima, cúbrelos y prende fuego, mucho fuego hasta que nos convirtamos en cenizas...

Basilio escuchaba.

—Después, si ningún otro viene... cavarás aquí, encontrarás mucho oro... y todo será tuyo. ¡Estudia!