—¿Qué tienes? ¿qué te pasa?—le preguntó ella.

—¡Tú me has hecho olvidar que tengo mis deberes, que debo partir ahora mismo para el pueblo! Mañana es la fiesta de los muertos.

María Clara se calló, fijó en él algunos instantes sus grandes y soñadores ojos, y cogiendo unas flores, le dijo conmovida:

—¡Vé, yo no te detengo más; dentro de algunos días nos volveremos á ver! ¡Coloca esta flor sobre la tumba de tus padres!

Algunos minutos después, el joven descendía las escaleras acompañado de capitán Tiago y de la tía Isabel, mientras María Clara se encerraba en el oratorio.

—¡Haga usted el favor de decir á Andeng que prepare la casa, que van á llegar María é Isabel! ¡Buen viaje!—decía capitán Tiago, mientras Ibarra subía en el coche, que partió en dirección á la plaza de San Gabriel.

Y después, por vía de consuelo, decía á María Clara, que lloraba al lado de una imagen de la Virgen:

—Anda, enciende dos velas de á dos reales, una al señor San Roque, y otra al señor San Rafael, ¡patrón de los caminantes! Enciende la lámpara de Nuestra Señora de la Paz y Buenviaje, que hay muchos tulisanes[8]. ¡Más vale gastarse cuatro reales en cera y seis cuartos en aceite que no tener después que pagar un rescate gordo!


[1] Remo de madera, de una sola pieza. [↑]