—Al Beaterio á sacar mis cosas,—contestó ella.

—¡Ahaaá! ¡ajá! vamos á ver quién puede más, vamos á ver...—murmuraba distraído, dejando á las dos mujeres no poco sorprendidas. Con la cabeza baja y andar lento ganó las escaleras y subió.

—¡Debe tener sermón, y lo estará estudiando de memoria!—dijo tía Isabel;—sube, María, que llegaremos tarde.

Si el padre Dámaso tenía sermón ó no, no lo podemos decir; pero cosas muy importantes debían absorber su atención, pues no tendió la mano á Cpn. Tiago, que tuvo que hacer una semigenuflexión para besársela.

—¡Santiago!—fué lo primero que dijo,—tenemos que hablar de cosas muy importantes; vamos á tu despacho.

Cpn. Tiago se puso inquieto, perdió el uso de la palabra, pero obedeció y siguió detrás del colosal sacerdote, que cerró detrás de sí la puerta.

Mientras conferencian en secreto, averigüemos qué se ha hecho de fray Sibyla.

El sabio dominico no está en la casa parroquial: muy temprano, después de decir misa, se fué al convento de su orden, situado á la entrada de la puerta de Isabel II ó de Magallanes, según qué familia reina en Madrid.

Sin hacer caso ni del rico olor á chocolate, ni del ruido de cajones y monedas, que venía de la procuración, y contestando apenas al respetuoso y deferente saludo del hermano procurador, fray Sibyla subió, atravesó algunos corredores y llamó á una puerta con los nudillos de los dedos.

—¡Adelante!—suspiró una voz.