—¡Dios devuelva á vuestra reverencia la salud!—fué el saludo del joven dominico al entrar.

Sentado en un gran sillón se veía á un viejo sacerdote, demacrado, algo amarillento, como esos santos que pintó Rivera. Sus ojos se hundían en las ahuecadas órbitas, coronadas de pobladísimas cejas, que, por estar contraídas casi siempre, aumentaban el intenso brillo de aquellos.

El padre Sibyla le contempló conmovido, cruzados los brazos debajo del venerable escapulario de Santo Domingo. Después dobló la cabeza sin decir una palabra y pareció aguardar.

—¡Ah!—suspiró el enfermo—me aconsejan la operación. Hernando, ¡la operación á mi edad! ¡El país, este terrible país! ¡Escarmienta en mí, Hernando!

Fray Sibyla levantó lentamente los ojos y los fijó en la fisonomía del enfermo:

—Y ¿qué ha decidido vuestra reverencia?—preguntó.

—¡Morir! ¡Ay! ¿quédame otra cosa acaso? Sufro demasiado pero ... he hecho sufrir á muchos ... ¡saldo mi deuda! Y tú ¿cómo estás? ¿qué traes?

—Venía á hablarle del encargo que me ha dado.

—¡Ah! y ¿qué es de ello?

—¡Psh!—contestó con disgusto el joven sentándose y volviendo con desprecio la cara á otra parte; nos han contado fábulas; el joven Ibarra es un chico prudente, no parece tonto, pero le creo un buen chico.