—¿Lo crees?

—Anoche comenzaron las hostilidades.

—¿Ya? y ¿cómo?

Fray Sibyla refirió brevemente lo que pasó entre el padre Dámaso y Crisóstomo Ibarra.

—Además,—añadió concluyendo,—el joven se casa con la hija de Cpn. Tiago, educada en el colegio de nuestras hermanas, es rico, y no querrá hacerse de enemigos para perder felicidad y fortuna.

El enfermo movía la cabeza en señal de asentimiento.

—Sí, pienso como tú... Con una mujer tal y un suegro parecido, le tendremos en cuerpo y alma. Y si no, ¡tanto mejor si se declarase enemigo nuestro!

Fray Sibyla miró sorprendido al anciano.

—Para bien de nuestra Santa Corporación, se entiende,—añadió, respirando con dificultad.—Prefiero los ataques á las tontas alabanzas y adulaciones de los amigos... Verdad es que están pagados.

—¿Piensa vuestra reverencia?...