El anciano le miró con tristeza.

—¡Tenlo bien presente!—contestó respirando con fatiga. Nuestro poder durará mientras se crea en él. Si nos atacan, el Gobierno dice: Los atacan porque ven ellos un obstáculo á su libertad, pues conservémoslos.

—Y ¿si les da oídos? El Gobierno á veces...

—¡No les dará!

—Sin embargo, si, atraído por la codicia, llegase á querer para sí lo que nosotros recogemos ... si hubiese un atrevido y temerario...

—Entonces ¡ay de él!

Ambos guardaron silencio.

—Además,—continuó el enfermo,—nosotros necesitamos que nos ataquen, que nos despierten: esto nos descubre nuestros flacos y nos mejora. Las exageradas alabanzas nos engañan, nos adormecen, pero fuera nos ponen en ridículo, y el día en que estemos en ridículo, caeremos como caímos en Europa. El dinero ya no entrará en nuestras iglesias, nadie comprará escapularios ni correas ni nada, y cuando dejemos de ser ricos, no podremos ya convencer á las conciencias

—¡Psh! siempre tendremos nuestras haciendas, nuestras fincas...

—¡Todas se perderán como las perdimos en Europa! Y lo peor es que trabajamos para nuestra misma ruina. Por ejemplo: ese afán desmedido de subir cada año, y á nuestro arbitrio, el canon de nuestros terrenos, ese afán que en vano he combatido en todos los Capítulos, ¡ese afán nos pierde! El indio se ve obligado á comprar en otra parte tierras que resultan tan buenas ó mejores que las nuestras. Temo que empezamos á bajar: Quos vult perdere Júpiter dementat prius. Por eso no aumentemos nuestro peso; el pueblo murmura ya. Has pensado bien: dejemos á los demás que arreglen allá sus cuentas, conservemos el prestigio que nos queda, y puesto que pronto apareceremos ante Dios, limpiémonos las moscas... ¡Que el Dios de las misericordias tenga piedad de nuestra flaqueza!