—¿De manera que vuestra reverencia cree que el canon ó tributo?...

—¡No hablemos ya más de dinero!—interrumpió con cierto disgusto el enfermo.—Decías que el teniente había prometido al padre Dámaso...

—¡Sí, padre!—contestó Fray Sibyla medio sonriendo. Pero esta mañana le vi y me dijo que sentía cuanto había pasado anoche, que el Jerez le había subido á la cabeza, y que consideraba que el padre Dámaso estaba en igual situación que él.—Y ¿la promesa? le pregunté en broma.—Padre cura, me contestó: yo sé cumplir mi palabra cuando con ella no mancho mi honor: no soy, ni he sido nunca delator; por eso no tengo más que dos estrellas.

Después de hablar de otras cosas insignificantes, fray Sibyla se despidió.

El teniente no había ido en efecto á Malacañan[1], pero el Capitán General supo lo ocurrido.

Hablando con sus ayudantes de las alusiones que los periódicos de Manila le hacían bajo el nombre de cometas y apariciones celestes, uno de aquellos le refirió la cuestión del padre Dámaso con colores algo más intencionados aunque en forma más correcta.

—¿De quién lo supo usted?—preguntó Su Excelencia sonriendo.

—De Laruja, que lo contaba esta mañana en la redacción.

El Capitán General volvió á sonreirse y añadió:

—¡Mujer y fraile no hacen agravio! Pienso vivir en paz el tiempo que me queda de país y no quiero más cuestiones con hombres que usan faldas. Es más; he sabido también que el provincial se ha burlado de mis órdenes; yo pedí como castigo el traslado de ese fraile; y bien, le trasladaron llevándole á otro pueblo mucho mejor: ¡frailadas, como decimos en España!