Pero cuando Su Excelencia se encontró solo, dejó de reir.
—¡Ah! ¡si el pueblo este no fuera tan estúpido, les metería en cintura á sus reverencias!—suspiró.—Pero cada pueblo merece su suerte, y hagamos lo que todo el mundo.
Capitán Tiago entretanto concluyó de conferenciar con el padre Dámaso, ó mejor dicho éste con aquél.
—¡Conque ya estás advertido!—decía el franciscano al despedirse.—Todo esto se hubiera podido evitar si me hubieses antes consultado, si no hubieses mentido cuando yo te lo preguntaba. ¡Procura no cometer más tonterías y fíate en su padrino!
Capitán Tiago dió dos ó tres vueltas por la sala, meditabundo y suspirando de repente, como si se le hubiese ocurrido un buen pensamiento, corrió al oratorio y apagó aprisa las velas y la lámpara que había hecho encender para salvaguardia de Ibarra.
—¡Todavía hay tiempo y el camino es muy largo!—murmuró.
[1] Palacio del Gobernador General de Filipinas. [↑]