—¡El sacristán mayor no nos deja salir hasta las ocho, señor!—contestó el mayorcito.—Espero cobrar mi sueldo para dárselo á nuestra madre.
—¡Ah! y ¿á dónde vais?
—A la torre, señor, para doblar por las almas.
—¿Vais á la torre? Pues ¡cuidado! no os acerquéis á las campanas durante la tempestad.
Después abandonó la iglesia no sin haber seguido antes con una mirada de compasión á los dos muchachos, que subían las escaleras para dirigirse al coro.
Tasio se frotó los ojos, miró otra vez al cielo y murmuró:
—Ahora sentiría que cayesen rayos.
Y con la cabeza baja dirigióse pensativo hacia las afueras de la población.
—¡Pase usted antes!—le dijo en español una voz desde una ventana.
El filósofo levantó la cabeza y vió á un hombre de treinta á treinta y cinco años que le sonreía.