—¿Qué lee usted ahí?—preguntó Tasio señalando hacia un libro que el hombre tenía en la mano.
—Es un libro de actualidad: ¡Las penas que sufren las benditas ánimas del Purgatorio!—contestó el otro sonriendo.
—¡Hombre, hombre, hombre!—exclamó el viejo en diferentes tonos de voz entrando en la casa;—el autor debe ser muy listo.
Al subir las escaleras fué recibido amistosamente por el dueño de la casa y su joven señora. El se llamaba don Filipo Lino y ella doña Teodora Viña. Don Filipo era el teniente mayor y el jefe de un partido casi liberal, si se le puede llamar así, y si es posible que haya partidos en los pueblos de Filipinas.
—¿Ha encontrado usted en el cementerio al hijo del difunto don Rafael, que acaba de llegar de Europa?
—Sí, le ví cuando bajaba del coche.
—Dicen que ha ido á buscar el sepulcro de su padre... El golpe debió haber sido terrible.
El filósofo se encogió de hombros.
—¿No se interesa usted por esa desgracia?—preguntó la joven señora.
—Ya sabe usted que fuí yo uno de los seis que acompañamos al cadáver; fuí yo quien me presenté al Capitán General cuando ví que aquí todo el mundo, hasta las autoridades, se callaban ante tan grande profanación, y eso que prefiero siempre honrar al hombre bueno en su vida á adorarle en su muerte.