—Pues así andaba la cosa: unos creían y otros no. Sin embargo de que San Gregorio lo llegó ya á admitir en su de quibusdam levibus culpis esse ante judicium purgatorius ignis credendus est,[3] nada hubo sobre ello definitivo hasta el año 1439, esto es, ocho siglos más tarde, en que el Concilio de Florencia declaró que debía existir un fuego purificador para las almas de los que han muerto en el amor de Dios, pero sin haber satisfecho aún á la Justicia divina. Ultimamente el Concilio Tridentino, bajo Pío IV, en mil quinientos sesenta y tres, en la sesión XXV, dió el decreto del Purgatorio que empieza: Cum catholica ecclesia, Spiriiu Sancto edocta etc.[4], en donde dice que los sufragios de los vivos, las oraciones, limosnas y otras obras piadosas eran los medios más eficaces de librar á las almas, si bien antepone á todo el sacrificio de la misa. Los protestantes no creen sin embargo en él, y los Padres griegos tampoco, pues echan de menos un fundamento cualquiera bíblico, y dicen que el plazo para el mérito ó desmérito termina á la muerte, y que el Quodcumque ligaberis in terra...[5] no quiere decir usque ad purgatorium, etc.[6]; pero á esto se puede contestar que estando el Purgatorio en el centro de la tierra, caía naturalmente bajo el dominio de san Pedro. Pero no acabaría si tuviese que repetir aquí todo lo que sobre el asunto se ha dicho. Un día que queráis discutir conmigo la materia, venid á mi casa y allá abriremos volúmenes y discutiremos libre y tranquilamente. Ahora me voy: yo no sé por qué esta noche la piedad de los cristianos permite el robo,—ustedes, las autoridades, lo dejan,—y yo temo por mis libros. Si me los robasen para leerlos, los dejaría, pero sé que muchos los quieren quemar para hacerme una obra de caridad, y esta clase de caridad, digna del califa Omar, es temible. Algunos por estos libros me creen ya condenado.

—Pero ¿supongo que creerá usted en la condenación?—preguntó sonriendo Doray, que aparecía llevando en un braserillo hojas secas de palma que despedían humo fastidioso y agradable perfume.

—¡Yo no sé, señora, lo que de mí hará Dios!—respondió el viejo Tasio pensativo.—Cuando esté agonizando, me entregaré á Él sin temor; haga de mí lo que quiera. Pero se me ocurre un pensamiento.

—Y ¿qué pensamiento es ese?

—Si los únicos que pueden salvarse son los católicos, y de entre estos un cinco por ciento, como dicen muchos curas, y formando los católicos una duodécima parte de la población de la tierra si hemos de creer lo que dicen las estadísticas, resultaría que después de haberse condenado millares de millares de hombres durante los innumerables siglos que transcurrieron antes que el Salvador viniese al mundo, después que un hijo de Dios se ha muerto por nosotros, ahora sólo conseguiría salvarse cinco por cada mil doscientos. ¡Oh ciertamente no! prefiero decir y creer con Job: ¿Serás severo contra una hoja que vuela y perseguirás una arista seca? ¡No, tanta desgracia es imposible, creerlo es blasfemar, no, no!

—¿Qué quiere usted? La Justicia, la Pureza divina...

—¡Oh! ¡pero la Justicia y la Pureza divina veían el porvenir antes de la creación!—contestó el viejo estremeciéndose y levantándose.—La creación, el hombre es un sér contingente y no necesario, y ese Dios no debía haberle criado, no, si para hacer feliz á uno debía condenar á centenares á una eterna desgracia, y todo por culpas heredadas ó de un momento. ¡No! Si eso fuera cierto, ahogue usted á su hijo que allí duerme; si tal creencia no fuese una blasfemia contra ese Dios que debe ser el Supremo Bien, entonces el Molok fenicio que se alimentaba con sacrificios humanos y sangre inocente, y en cuyas entrañas se quemaban á los niños arrancados del seno de sus madres, ese dios sanguinario, esa divinidad horrible sería al lado de él una débil doncella, una amiga, la madre de la Humanidad.

Y lleno de horror, el loco ó el filósofo abandonó la casa, corriendo á la calle á pesar de la lluvia y de la oscuridad.

Un deslumbrador relámpago, acompañado de un espantoso trueno, sembrando el aire de mortíferas chispas alumbró al viejo que, tendidas las manos al cielo, gritaba:

—¡Tú protestas! ¡Ya sé que no eres cruel, ya sé que sólo debo llamarte El Bueno!