—¡No!—contestó el mayor;—nos moriríamos todos: madre de pena, y nosotros de hambre.
Crispín no replicó.
—¿Cuánto ganas tú este mes?—preguntó al cabo de un momento.
—Dos pesos: me han impuesto tres multas.
—Paga lo que dicen que he robado, así no nos llamarán ladrones; ¡págalo, hermano!
—¿Estás loco, Crispín? Madre no tendría qué comer; el sacristán mayor dice que has robado dos onzas, y dos onzas son treinta y dos pesos.
El pequeño contó en sus dedos hasta llegar á treinta y dos.
—¡Seis manos y dos dedos! Y cada dedo un peso,—murmuró después pensativo.—Y cada peso... ¿cuántos cuartos?
—Ciento sesenta.
—¿Ciento sesenta cuartos? Ciento sesenta veces un cuarto? ¡Madre! Y ¿cuántos son ciento sesenta?