—Treinta y dos manos,—contestó el mayor.
Crispín se quedó un momento viéndose las manecitas.
—¡Treinta y dos manos!—repetía;—seis manos y dos dedos, y cada dedo treinta y dos manos... y cada dedo un cuarto... ¡Madre, cuántos cuartos! No podrá uno contarlos en tres días... y se puede comprar chinelas para los pies, y sombrero para la cabeza cuando calienta el sol, y un gran paraguas cuando llueve, y comida, y ropas para tí y madre y...
Crispín se puso pensativo.
—¡Ahora, siento no haber robado!
—¡Crispín!—le reprendió su hermano,
—¡No te enfades! El cura ha dicho que me mataría á palos si no parece el dinero; si yo lo hubiese robado, lo podría hacer aparecer... y si muero, que al menos tengáis ropas tú y madre! ¡Si lo hubiese robado!
El mayor se calló y tiró de su cuerda. Después repuso suspirando:
—¡Lo que temo es que regañe madre contigo cuando lo sepa!
—¿Lo crees tú?—preguntó el pequeño sorprendido.—Tú dirás que á mí ya me han pegado mucho, yo le enseñaré mis cardenales, y mi bolsillo roto: no he tenido más que un cuarto que me dieron en la Pascua, y el cura me lo quitó ayer. No he visto otro cuarto más hermoso. ¡Madre no lo va á creer, no lo creerá!