—Tenemos ya permiso... madre nos espera á las ocho,—murmuró tímidamente Basilio.
—¡Es que tampoco te retiras tú á las ocho! ¡hasta las diez!
—Pero, señor, á las nueve ya no se puede andar y la casa está lejos.
—Y ¿me querrás tú mandar á mí?—le preguntó irritado aquel hombre. Y cogiendo á Crispín del brazo trató de arrastrarle.
—¡Señor! ¡hace ya una semana que no hemos visto á nuestra madre! suplicó Basilio cogiendo á su hermanito como para defenderle.
El sacristán mayor de una palmada le apartó la mano y arrastró á Crispín, que comenzó á llorar dejándose caer al suelo mientras decía á su hermano:
—¡No me dejes, me van á matar!
Pero el sacristán, sin hacerle caso, le arrastró escaleras abajo, desapareciendo entre las sombras.
Basilio se quedó sin poder articular una palabra. Oyó los golpes que daba el cuerpo de su hermanito contra las gradas de la escalerilla, un grito, varias palmadas, y después se perdieron poco á poco aquellos acentos desgarradores.
El muchacho no respiraba: escuchaba de pie, con los ojos extremadamente abiertos, y los puños cerrados.