—¿Cuándo podré arar un campo!—murmuró entre dientes, y bajó precipitadamente.
Al llegar al coro se puso á escuchar con atención; la voz de su hermanito se alejaba á toda prisa y el grito: ¡madre! ¡hermano! se extinguió completamente al cerrarse una puerta. Tembloroso, sudando, detúvose un momento; mordióse el puño para ahogar un grito que se le escapaba del corazón y dejó vagar sus miradas en la semiobscuridad de la iglesia. Allí ardía débilmente la lámpara de aceite; el catafalco estaba en medio: las puertas todas cerradas, y las ventanas tenían rejas.
De repente subió la escalerilla, pasó por el segundo cuerpo, donde ardía la vela, y subió al tercero. Desató las cuerdas que sujetaban los badajos, y después volvió á descender pálido, pero sus ojos brillaban y no por las lágrimas.
La lluvia en tanto comenzaba á cesar y el cielo se despejaba poco á poco.
Basilio anudó las cuerdas, ató un cabo á un balaustre da la barandilla, y sin acordarse de apagar la luz se dejó deslizar en medio de la obscuridad.
Algunos minutos después, en una de las calles del pueblo se oyeron voces y resonaron dos tiros; pero nadie se alarmó y todo quedó otra vez en silencio.
XVI
Sisa
La noche es obscura: duermen en silencio los vecinos; las familias que han recordado á los que dejaron de existir, se entregan al sueño tranquilas y satisfechas: han rezado tres partes de rosario con requiems, la novena de las almas, y quemado muchas velas de cera delante de las sagradas imágenes. Los ricos y pudientes han cumplido con los deudos que les legaron su fortuna; al día siguiente oirían las tres misas que dice cada sacerdote, darían dos pesos para otra en su intención, y luego comprarían la bula de los difuntos, llena de indulgencias. A fe que la Justicia divina no parece tan exigente como la humana.