Pero el pobre, el indigente que apenas gana para mantenerse y tiene que sobornar á los directorcillos, escribientes y soldados para que le dejen vivir en paz, ese no duerme con la tranquilidad que creen los poetas cortesanos, los cuales tal vez no hayan sufrido las caricias de la miseria. El pobre está triste y pensativo. Aquella noche, si ha rezado poco, ha orado mucho, con dolor en los ojos y lágrimas en el corazón. No tiene las novenas, ni sabe las jaculatorias, ni los versos, ni los oremus, que han compuesto los frailes para los que no tienen ideas propias, ni propios sentimientos; no los entiende tampoco. Reza en el idioma de su miseria; su alma llora por él y por los seres muertos cuyo amor era su bien. Sus labios pueden proferir salutaciones, pero su mente grita quejas y acusa lamentos. ¿Estaréis satisfechos, tú que bendijiste la pobreza, y vosotras sombras atormentadas, con la sencilla oración del pobre, proferida delante de una mal grabada estampa, á la luz de un timsim[1], ó deseáis por ventura cirios delante de Cristos sangrientos, de Vírgenes de boca pequeña y ojos de cristal, las misas en latín, que dice maquinalmente el sacerdote? Y tú, Religión predicada para la humanidad que sufre, ¿habrás olvidado tu misión de consolar al oprimido en su miseria y de humillar al poderoso en su orgullo, y sólo tendrías ahora promesas para los ricos, para los que pueden pagarte?
La pobre viuda vela entre los hijos que duermen á su lado; piensa en las bulas que debe comprar para el descanso de los padres y del difunto esposo. «Un peso, dice, un peso es una semana de amores para mis hijos, una semana de risas y alegrías, mis economías de un mes, un traje para mi hija que se va haciendo mujer...»—«Pero es menester que apagues estos fuegos, dice la voz que ella oyó predicar; es menester que te sacrifiques.» ¡Si! ¡es necesario! La Iglesia no te salva gratuitamente las almas queridas: no reparte bulas gratis. La debes comprar y, en vez de dormir la noche, trabajarás. Tu hija que enseñe entretanto sus desnudeces púdicas; ¡ayuna, que el cielo es caro! ¡Decididamente parece que los pobres no entran en el cielo!
Estos pensamientos van volando por el ámbito que separa el sahig[2], donde está tendida la humilde estera, del palupu[3] de donde cuelga la hamaca en que se mece el niño. Su respiración es fácil y reposada; de cuando en cuando mastica la saliva y articula sonidos: sueña comer el estómago hambriento que no está satisfecho con lo que le han dado los hermanos mayores.
Las cigarras van cantando monótonamente uniendo su nota eterna y continuada á los trinos del grillo, oculto en la hierba, ó de la zarandija que sale de su agujero para buscar alimento, mientras el chacón[4], ya no temiendo el agua, turba el concierto con su fatídica voz asomando la cabeza por el hueco de un tronco carcomido. Los perros ladran lastimeramente allá en la calle, y el supersticioso que lo escucha, está convencido de que los animales ven los espíritus y las sombras. Pero ni los perros ni los otros insectos ven los dolores de los hombres, y sin embargo ¡cuántos existen!
Allá lejos del pueblo, á una distancia como de una hora, vive la madre de Basilio y de Crispín, mujer de un hombre sin corazón, la cual procura vivir para sus hijos mientras el marido vaga y juega al gallo. Sus entrevistas son raras, pero siempre dolorosas. El le ha ido despojando de sus pocas alhajas para alimentar sus vicios, y cuando la sufrida Sisa[5] ya no poseía nada para sostener los caprichos de su marido, entonces comenzó á maltratarla. Débil de carácter, con más corazón que cerebro, ella sólo sabía amar y llorar. Para ella su marido era su Dios; sus hijos eran sus ángeles. El, que sabía hasta qué punto era adorado y temido, se portaba también como todos los falsos dioses; cada día se hacía más cruel, inhumano, voluntarioso.
Cuando le consultó Sisa, una vez que le vió con el semblante más sombrío que nunca, sobre su proyecto de hacer sacristán á Basilio, continuó acariciando el gallo, no dijo ni sí ni no, y sólo preguntó si ganaría mucho dinero. Ella no se atrevió á insistir; pero su apurada situación y el deseo de que los chicos aprendieran á leer y escribir en la escuela del pueblo, la obligaron á llevar á cabo el proyecto. El marido tampoco dijo nada.
Aquella noche, á eso de diez y media ú once, cuando las estrellas brillaban ya en el cielo que la tempestad ha despejado, estaba Sisa sentada sobre un banco de madera, mirando algunas ramas que medio ardían en su hogar, compuesto de piedras vivas más ó menos angulares. Sobre uno de estos trípodes ó tunkô, había una ollita en donde cocía arroz, y sobre las brasas tres sardinas secas, de las que se venden tres dos cuartos.
Tenía la barba apoyada sobre la palma de su mano, mirando la llama amarillenta y débil que da la caña, cuyas pasajeras brasas se volvían pronto ceniza; triste sonrisa iluminaba su rostro. Se acordaba del gracioso acertijo de la olla y del fuego, que Crispín le propuso una vez. El muchacho decía:
Naupú si Maitim, sinulut ni Mapulá
Nang malaó y kumara kará[6].