—¡Mi buen Crispín! ¡acusar á mi buen Crispín! ¡Es porque somos pobres, y los pobres tenemos que sufrirlo todo!—murmuraba Sisa, mirando con sus ojos llenos de lágrimas el tinhoy[1], cuyo aceite se acababa.
Así permanecieron algún rato silenciosos.
—¿Has cenado ya? ¿No? Hay arroz y sardinas secas.
—No tengo ganas; agua, quiero agua no más.
—¡Sí!—repuso la madre con tristeza;—ya sabía yo que no te gustaban las sardinas secas; yo te había preparado otra cosa, pero vino tu padre, ¡pobre hijo mío!
—¿Vino padre?—preguntó Basilio, y examinó instintivamente la cara y las manos de su madre. La pregunta del hijo hizo oprimirse el corazón de Sisa, que le comprendió demasiado, así es que se apresuró á añadir:
—Vino y preguntó mucho por vosotros, quería veros; tenía mucha hambre. Ha dicho que si seguís siendo buenos, volvería á quedarse con nosotros.
—¡Ah!—interrumpió Basilio, y sus labios se contrajeron con disgusto.
—¡Hijo!—le reprendió ella.
—¡Perdonad, madre!—repuso seriamente:—¿no estamos mejor nosotros tres, vos, Crispín y yo? pero lloráis; no he dicho nada.