—¡Vive Crispín! tú le dejaste en el convento... y ¿por qué estás herido, hijo mío? ¿Te has caído?
Y le examinaba cuidadosamente.
—El sacristán mayor, al llevarse á Crispín, me dijo que no podría salir hasta las diez, y como es muy tarde me escapé. En el pueblo me dieron los soldados el ¿quién vive? eché á correr, dispararon, y una bala rozó mi frente. Temía que me prendiesen y que me hiciesen fregar el cuartel á palos como lo hicieron con Pablo, que aún está enfermo.
—¡Dios mío, Dios mío!—murmuró la madre estremeciéndose.—¡Tú le has salvado!
Y añadía mientras buscaba paños, agua, vinagre y plumón de garza:
—¡Un dedo más y te matan, me matan á mi hijo! ¡Los guardias civiles no piensan en las madres!
—Diréis que me he caído de un árbol; que no sepa nadie que fuí perseguido.
—¿Por qué se ha quedado Crispín?—preguntó Sisa, después que hubo hecho la cura á su hijo.
Este la contempló por algunos instantes, después, abrazándola, le refirió poco á poco lo de las onzas; sin embargo, no habló de las torturas que hacían sufrir á su hermanito.
Madre é hijo confundieron sus lágrimas.